Una historia que empieza con el problema equivocado
Antes de ser un software, KMPUS fue un problema en nuestro propio escritorio. Trabajábamos en una escuela, y no como consultores: éramos las personas que recogían las hojas de asistencia al final del día y tenían que convertirlas en algo que la escuela pudiera usar. Los profesores marcaban en papel porque el papel era lo único que sobrevivía a un aula: sin computadora que encender, sin contraseña que recordar, sin señal que necesitar.
Pasar ese montón de hojas a una hoja de cálculo tomaba unas dos horas, todos los días. No era un trabajo difícil: era un trabajo que no terminaba nunca. Así que construimos lo obvio. La primera versión de KMPUS era un módulo de asistencia y nada más: marcar una clase en segundos, desde el aula, desde el teléfono.
Las dos horas desaparecieron. Y la carga administrativa del centro no bajó.
Habíamos medido el traspaso de datos, que tenía nombre y dueño. Nunca habíamos medido lo que venía después: rehacer la hoja del día siguiente cada vez que un alumno cambiaba de nivel a mitad de semana, recalculando quién enseña qué, en qué aula y a qué alumnos. Ese era el trabajo real, y no figuraba como tarea de nadie. Lo que construimos después fue justo eso: profesor, nivel, aula y matrícula declarados una sola vez, con sus fechas, y todo lo demás saliendo de ahí. Fundamos KMPUS en 2021 y lo seguimos construyendo igual: un módulo a la vez, empezando por el escritorio y no por la lista de funciones.
El módulo con el que empezó todo sigue siendo el primero que notan los centros: gestión académica, de las listas de clase a la asistencia diaria.
La historia completa, con el orden que recomendaríamos hoy si estás por digitalizar tu centro, está en digitalizar una academia de idiomas: qué va primero.